Todos somos paridos

Publicado: 17/12/2021
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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De pequeños no deberían enseñarnos las letras del alfabeto, sino las contracciones uterinas maternas


De pequeños no deberían enseñarnos las letras del alfabeto, sino las contracciones uterinas maternas. Porque es más importante el saber cómo viniste al mundo, que cómo se formó el universo. Al modo de Leonardo somos el origen de nuestro pequeño mundo de rascaduras y peladuras de piel. Pero sin embargo, pocos sabemos de qué forma -o por qué -nos concibieron o a qué estábamos destinados ya desde nuestro nacimiento. Yo sí lo sé. No cómo se aparearon mis padres, sino cómo me tuvo mi madre en la clínica Muñoz en un lunes- no festivo- después de dieciséis horas de parto. Esa experiencia tan ingrata de impedimentos y frustraciones me ha perseguido de por vida. No le echo la culpa a mi madre, ni a los médicos que no quisieron hacerle una cesárea, ni siquiera a la estrechez de su pelvis. Era un deja vu de mi destino. No hago nada que no me salga a mamporros.

 “La cabeza”, contaba mi madre- antes de visitarla el Alzheimer- “te salió apepinada”, supongo que al modo de aquella película de humor de los extraterrestres con cabeza de cono, Los “Coneheads”. No lo veo claro en las fotos que me hicieron al poco de nacer, pero no voy a dudar de las palabras de mi madre, ni de su dolor patrio. La cosa es que si cada uno de nosotros tuviéramos conocimiento antes de nacer , de cuál iba a ser nuestro camino o de cómo íbamos a sufrir o vagar por estas sendas intrincadas,  çlo mismo muchos nos apeábamos antes de emprenderlo. No digo que sea mi caso. La soledad apesta, cierto. Pero aun así mis hijos- sus locuras y sus necesidades- lo llenan todo. Llegará un día que quizás la vida no me deje exprimirle los pechos, ni tirarle pellizcos en el culo, pero aún no ha llegado así que aquí me tienen, enfilada sobre las teclas contándoles parpajotadas. Supongo que estaba escrito entre los pliegues de las uñas de las Moiras, las tejedoras del tiempo… Sufriría tras amar apasionadamente y no dejaría de pelear hasta conseguir ver un atisbo de esperanza. Dieciséis horas son muchas horas de parto. Se lo digo yo que pasé cinco para parir –primípara perdida-un niño de cuatro kilos sin epidural, a moco seco. Ni el Inspector Pelayo- de mi amigo Montiel- es capaz de tamaña proeza. Pero es que nacer mujer es lo que tiene, que nada puede con nosotras. No lo digo por parir,  sino por reventarnos a cada paso. Pero deberían advertirnos, en una app premonitoria o algo. Por cortesía. Qué menos, puñeta.

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