El árbol de la frontera

Publicado: 25/02/2021
Autor

Salvo Tierra

Salvo Tierra es profesor de la UMA donde imparte materias referidas al Medio Ambiente y la Ordenación Territorial

Escrito en el metro

Observaciones de la vida cotidiana en el metro, con la Naturaleza como referencia y su traslación a política, sociedad y economía

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Desde entonces los poetas no encontraron la musa en la quietud, ni los enamorados el digno espacio para sus sueños a la sombra de sus trémulas hojas
En medio de aquella extensa llanura de cultivo de cereales sobresalía un longevo árbol. En su 635 cumpleaños, sin advertencia previa, alguien pintó sobre él puntos y rayas, y sin más reparo dejaron cada mitad de su copa en un territorio distinto.

En tantos siglos pocos le prestaron atención salvo algún poeta buscador de sosiego, jóvenes enamorados que en su umbría confirmaron su amor y algunos chiquillos que encontraban bajo su dosel el refugio para inventar aventuras mientras trepaban por sus retorcidas ramas.

Ya no era un árbol más, fue desde entonces el árbol de la frontera. La parte de su copa orientada al sur daba frutos más tempranos y jugosos, mientras que los del norte, aunque más tardíos y pequeños eran más saciantes y nutritivos.

Como nunca nadie se siente satisfecho con lo que la naturaleza les concede, los habitantes del norte hacían incursiones en el sur para recolectar los jugosos frutos, y viceversa. Era de presumir que la contienda no tardaría en surgir, y así fue.

Pero a su vez en ambos lados de la artificial frontera surgieron cismas sobre la forma de perpetrar aquellas incursiones, así que nuevamente sin advertencia previa, trazaron sobre el fronterizo árbol esta vez una línea roja de este a oeste.

Sin más sentido que el de acaparar, se sucedían recolecciones masivas de frutos cada vez más inmaduros que debilitaron al gigantesco vegetal. Entonces los moradores de su entorno consensuaron un cordón sanitario para que recuperase su vitalidad, pero el árbol harto de puntos, rayas, líneas y cordones se dejó ir durante una intensa nevada seguida de fuertes rachas de viento que truncaron sus ramas hasta arrancarlo de cuajo.

Desde entonces los poetas no encontraron la musa en la quietud, ni los enamorados el digno espacio para sus sueños a la sombra de sus trémulas hojas, ni los niños inventaron aventuras en las que las ramas eran los mástiles de un colosal barco pirata.

Cuando en el mundo se trazan tantos puntos y rayas, tantas líneas rojas y tantos cordones sanitarios es que algo falla. Fallan las normales, respetuosas y sencillas relaciones personales que acaban convirtiendo en árboles de la frontera los que por siglos fueron la foresta de espacios libres.

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